Trinitat Vella

La quinta forca es la expresión catalana que se utiliza coloquialmente para hablar de un lugar muy lejano, el equivalente al quinto pino castellano. Y, aunque casi ningún catalanoparlante lo sabe ya, Trinitat Vella es la quinta forca originaria. Durante la Baja Edad Media, para ejecutar las sentencias de los condenados a muerte, Barcelona contaba con cuatro horcas ubicadas dentro de las murallas de la ciudad. En 1445, sin embargo, se instaló una quinta horca extra muros, en lo alto del cerro de la Trinitat. Fue la lejanía de la colina y de este quinto patíbulo respecto a la ciudad vieja lo que acabó por popularizar la expresión de estar en la quinta forca. Pero además de la horca, en época medieval el monte era también conocido por la ermita levantada en 1413 y que, tras ser dedicada a la Trinidad, acabó por dar nombre al territorio.

Administrativamente, la zona perteneció a Sant Andreu de Palomar hasta 1897, cuando el antiguo municipio fue agregado a Barcelona. En esta época de autonomía respecto a la ciudad condal, la Trinitat era un paisaje eminentemente rural formado por torrentes, masías y la ermita de origen medieval. Ésta última, sin embargo, fue derribada con la invasión napoleónica y ya nunca se reconstruyó.

El barrio actual remonta sus orígenes a 1920, cuando la parte baja del monte empieza a urbanizarse y a absorver la llegada de obreros inmigrantes atraídos por las grandes obras de la capital catalana. Nació así un pequeño arrabal formado por casitas y pequeñas industrias, como la fábrica de losetas hidráulicas de la Carretera de Ribes o la de gaseosa de la calle Mireia.

Lamentablemente, durante los años del franquismo, el barrio sufrió el olvido de la administración en lo que a infraestructuras básicas se refiere —asfaltado, alcantarillado, agua corriente— y tuvo que asumir, en cambio, el emplazamiento de instalaciones más que polémicas —la cárcel de mujeres o  torres de alta tensión—. La urbanización de la Meridiana, por otra parte, separó el casco antiguo de Trinitat de los nuevos polígonos que se construían en la parte alta del barrio y Trinitat Nova se desvinculó así del núcleo originario, que pasó a conocerse como Trinitat Vella.

En la década de 1970, época del boom de las asociaciones vecinales, la paulatina degradación del arrabal había llegado a una situación extrema. Fue entonces cuando se inició un movimiento reivindicativo que, tras años de lucha, se saldó entre otras mejoras, con la llegada del metro al barrio. 1992 sería la última fecha fatídica para Trinitat Vella, cuando se hizo realidad el nudo viario largamente anunciado. Tras esta difícil trayectoria, hoy Trinitat Vella se erige cual acogedor oasis cercado por autopistas.